Rebelión en el vecindario

 


Me despierto temprano, inquieta. Hace tanto tiempo que no salgo que a veces pienso que ya estoy muerta. Pensábamos que era provisional pero pasan los días y el encierro continúa. Aquí sigo, como una joya pasada de moda, como una reliquia familiar que quedó olvidada, entre polvo y telarañas, pero no quiero convertirme en una pieza de museo.

A media mañana, una nota se cuela bajo mi puerta, incitándome a la acción: “Vente esta noche. Todo volverá a ser como antes. Firmado: el vecino del final del pasillo”.

Transcurre la tarde entre dudas. Hace tiempo que no me siento segura. Pero oscurece y decido coger las riendas de mi vida: salgo de casa, de puntillas. Silenciosa, paso junto a las puertas de los señores Miedo y Enfado. Dejo atrás la de Tristeza. Parecen descansar, por fin. Llevan demasiado tiempo siendo los dueños del vecindario.

Al final del pasillo, se abre una puerta, decidida y serenamente.

— Alegría, ¡por fin has vuelto! —exclama mi añorado Sentido Común, mientras me abraza.

Y, desde dentro, una multitud de ojos me mira. Me interrogan, cansados, pero con esperanza. Ellos también me necesitan. Quizás mañana me atreva a salir a la luz del día.

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