Un vagón de ciencia ficción
Salto al vagón justo antes de que se cierren las puertas. Son casi las diez y el metro está desierto. La luz artificial ilumina los asientos vacíos y el gusano subterráneo avanza indiferente, pero tengo una sensación extraña que presiona mis pulmones. Esta soledad inesperada me recuerda al viaje que hice sola y me ahoga.
Me pregunto si estaré soñando. Y si es así ¿por qué me pellizco y siento la piel y la carne y la sangre? ¿y por qué no despierto? Pienso que quizás esté dentro de una película de ciencia ficción. Sí, será eso y seguramente en cualquier momento se abran las puertas y entre un ejército de soldados de asalto clon, blancos y relucientes, con las caras tapadas por esas máscaras impenetrables. Igual se piensan que soy un miembro de la Resistencia y a ver cómo me escapo sin la ayuda de la princesa Leia. Si estoy metida en una escena de Star Wars me gustaría saber dónde están las llaves del Halcón Milenario, por favor.
Ojalá viniera un jedi a salvarme, pero tengo entendido que quedan pocos. Estoy sola. Llevo mucho tiempo sola. Echo terriblemente de menos a mi familia, pero ninguna línea de metro puede acercarme a ella. Antes no podía ir a verlos porque no tenía papeles. Y después llegó la pandemia.
Se abren las puertas y entra la vigilante de seguridad. Me tranquiliza saber que no es un soldado clon, así que respiro aliviada, pero temo que se fije en mi piel o en el velo que cubre mi cabeza y me pida el billete y los papeles y entremos en esa rueda que siempre acaba haciéndome daño. Sin embargo, me doy cuenta de que está llorando. Se pone las manos delante de la cara y esconde su cabeza. Me acerco y sin palabras le digo que lo siento.
—Se ha muerto, se ha muerto sola —balbucea entrecortadamente.
Aunque no la conozco, la abrazo y nuestras mascarillas se rozan un instante. Noto su pecho temblar y su cuerpo derrumbarse. Ese abrazo me devuelve a la realidad: no estoy en ninguna película ni en ningún sueño. La vida real supera la ficción: en el año 2021 el COVID nos mantiene confinados en nuestras soledades particulares y muchos se quedan por el camino. Pero este abrazo nos ha conectado y la mujer me da las gracias una y otra vez. Hablamos lo que queda de trayecto. Me explica la historia de su madre. Reímos y lloramos.
Cuando se acerca mi parada, nos despedimos con afecto. Miro mi reflejo en los cristales y veo que una luz alargada, luminosa y blanca, sale de mi piel, de mis manos. Me siento como una jedi que ha conseguido usar el lado más luminoso de su fuerza: su compasión, su empatía y su tacto. Para eso no he necesitado ninguna espada.
Llegué a esta ciudad sola, no acompañada. Algunos me llamaron MENA, pero yo nunca me sentí identificada con esas siglas. Tan solo era una niña. Conseguí estudiar y ahora acompaño a un grupo de adolescentes. En las últimas semanas hemos trabajado con las películas de Star Wars y parece mentira todo el jugo que hemos sacado. Esas fueron las últimas películas que vi junto a mi padre y en los bajos de aquel camión no dejaba de imaginar que yo era un miembro de la Resistencia que se escondía de los soldados clon. La ficción no tiene límites y siempre me he agarrado a ella.
No me importa que quieran etiquetarme, nunca me posicionaré en el lado oscuro de la fuerza. Sobre todo ahora que sé que yo también soy una jedi. Me pregunto cuántas personas habrá por el mundo sin conocer el auténtico potencial que esconden. No estamos solos. Y si todavía quedan jedis, todavía hay esperanza.
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