Crónica de una defensa anunciada

 

Se presenta de repente, a la salida del gimnasio, y me invita al cine y aunque no le conozco demasiado, su simpatía me convence.

Me propone ir a tomar algo y me cautiva con su sonrisa, así que nos sentamos en un bar y hablamos durante horas porque todo es nuevo y emocionante.

Me dice que me quiere, que me adora y que me ama y eso me abruma y a la vez me hace cosquillas porque yo también siento eso y estoy profundamente enamorada.

Me presenta a sus amigos y me pone por las nubes y me da la mano y me besa y me acompaña a casa y cada día entra un poco más, hasta llegar a la cocina.

Me enseña el piso vacío de sus padres y me dice que será nuestro nidito de amor y que allí estaremos protegidos, sin entrometidos.

Me pide que nos casemos y yo creo que soy muy joven y eso no estaba en mis planes y me gustaría seguir estudiando, pero me quedo embarazada.

Me suplica que no aborte porque es el fruto de nuestro amor y él hará todo lo que esté en su mano para que no nos falte nada.

Me ruega que no vuelva a trabajar, que cuide de nuestra hija y del perro y de la casa porque como yo no lo hará nadie, porque soy la mejor, una reina, su tesoro.

Critica a mis amigas de siempre diciendo que son unas egoístas y unas engreídas, que no se preocupan por mí.

Vigila todos mis movimientos, intenta acompañarme siempre y por la noche mira mi teléfono, a escondidas. Me repite una y otra vez que, sin mí, su vida no tiene sentido.

Anula mi tarjeta de crédito porque es un gasto extra y él me dará el dinero que necesite para comprar, que no ponga esa cara, que no me preocupe.

Me prohíbe seguir con los estudios porque soy mayor y porque no voy a tener tiempo, porque bastante trabajo tengo en casa.

No me deja ver a mis amigas, no le gusta como visten ni sus aficiones ni sus compañías.

Me levanta la mano y esto podría ser la crónica de un maltrato anunciado, pero mis ojos se abren como platos y algo me dice que el momento ha llegado.

Mi cuerpo se pone en tensión. Ya me he preparado para esto, durante mucho tiempo. Yo no lo quería ver, pero de alguna manera, lo sabía.

Con una serenidad inesperada, me aparto. Mis movimientos son rápidos y extremadamente calculados.

Él está sorprendido, parece no entender nada, y vuelve a levantar la mano, pero yo estoy muy concentrada y, de nuevo, esquivo el golpe.

Su cara está desencajada, destila desconcierto, y levanta la mano una vez más, poniendo en ella toda su fuerza, y su rabia, pero mi movimiento es limpio y rápido y resbala. Su propia energía descontrolada ha provocado su caída.

Se queda tirado en el suelo, gritando, pero yo me voy convencida y serena. Abro la puerta de casa y todo vuelve a ser de color: el rellano, las escaleras, la calle, la gente...

Mientras marco el 112 pienso que hice bien en no dejar de ver a mis amigas y en seguir entrenando en el gimnasio, aunque fuera a escondidas. Hice bien en apuntarme en aquel taller de Aikido.

Nunca me imaginé practicando un arte marcial, pero algo en mi interior me decía que necesitaba poner la atención en mi. Necesitaba frenar toda aquella energía, controladora y dominante, que no era mía.

Nunca menosprecies a una persona que se escucha, aunque sea silenciosa, aunque parezca despistada, aunque creas que no se está enterando de nada, solo está buscando el momento exacto y preciso en el que podrá defenderse sin hacer daño.

 

Comentarios

  1. El desenlace de algo maravilloso , el control siempre con mami

    ResponderEliminar
  2. Nunca menosprecies , imagina lo mejor no esperes nada , somos acción

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Cuento de otoño: La ardilla roja.

El mundo a mis pies (homenaje a Mario Benedetti)