La hora del café

 


Se esconde tras los visillos, casi transparentes, ajados por el tiempo. Mira a los niños que juegan en la plaza, absortos en su mundo de fantasía. Sus manos, arrugadas y temblorosas, abren la ventana. Se intuyen pasos, conversaciones y risas. Las campanas de la iglesia recuerdan que es la hora.

Camina hacia la cocina. La casa está llena de muebles, de libros y de polvo, pero vacía de alma. El viejo reloj de pared llena el silencio con su cantinela metálica, infinita e imparable. Se apresura a preparar el café, las mejores tazas, la leche y el azúcar.

Lo dispone todo, amorosamente, sobre la mesa y se deja caer en el sillón. Mira hacia su butaca, vacía. Hace meses que salió de casa, en una camilla. Dicen que es ese maldito virus y que tardará en volver, pero ella no falla, ni un solo día, a su cita del café.

 

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