La soledad no era eso
Dicen las crónicas que esperaba solo, abrazado a una metralleta.
Era la primera vez que usaba un arma y estaba dispuesto a aprender.
Los oficiales insurrectos lo encontraron abandonado en su despacho desolado, como un náufrago a la deriva, pero ellos eran incapaces de leer su mirada.
De sus ojos salían chispas. En ellos brillaba la fuerza de los olvidados.
Antes de disparar, sintió que una manita apretaba la suya. Era la mano de la niña descalza que años atrás le había mirado con esperanza.
Y entonces supo que no estaba solo, porque su corazón seguía lleno de sueños.
Y eran los sueños de todos.
Lo mataron, pero la soledad no era eso.
Salvador Allende murió acompañado, aunque las crónicas oficiales digan lo contrario.
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