¿A dónde vas tan sola?
—Caperucita, ¿a dónde vas tan sola? —preguntó el lobo.
—No voy sola, ¡camino conmigo! —respondió sonriente.
—Si quieres, te puedo acompañar —se ofreció él con amabilidad.
—Voy bien, gracias, hoy no necesito compañía.
—Yo había pensado…
—No empieces ahora con el jueguecito de que cada uno vaya por un camino. Hoy tengo un plan. Sé a dónde ir y cómo hacerlo.
—Vale, vale, ¡cómo se pone la señorita! Pues a ver qué pinto yo ahora en medio del bosque.
—No dramatices, mi lobo querido. Si quieres luego nos vemos en casa de la abuela y tomamos algo juntos, pero que no se te ocurra ponerte su pijama otra vez, que eso ya no hace gracia.
—Está claro que hoy no voy a poder sorprenderte —resopló el cánido con los hombros caídos, mirando el suelo, resignado.
—Es que este cuento ya está muy visto, ¿no te parece? Pero seguro que puedes hacer alguna propuesta original. Creo que tienes más potencial del que piensas, solo tienes que salir de tu papel. Vamos, inténtalo.
El lobo se quedó pensativo. Últimamente ninguna de sus ideas era la acertada. Quería contentar a todos en su papel de malvado, pero no lo conseguía. Quizás era el momento de volver a escuchar su voz interna. Dejar atrás las máscaras, los personajes y las múltiples capas que formaban su coraza de animal salvaje.
—¿Te apetece que aullemos juntos esta noche? —propuso al fin con las pupilas llenas de luz—. Hoy hay luna llena.
—Ese plan me gusta más.
—¿Te paso a buscar? —se ofreció él.
—No, yo subiré hasta tu colina. Ya sabes que me gusta caminar sola.
—¿Vendrás por el camino corto?
—No, por el largo.
Se sonrieron con complicidad.
Caperucita siguió caminando sola.
Pero se sentía plena.

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