Naufragios.
Agarrarse a la vida
apasionadamente
a su tabla de salvación.
Agarrarse con fuerza
a las pequeñas cosas
a los momentos luminosos
que bombean tu corazón.
Jugar como si volvieras
a ser un niño.
Reír sin miedo
hasta caer rendido.
Mirar con la curiosidad
de un recién nacido.
Bailar como si te hubiera herido
la flecha de Cupido.
Andar descalza
mientras la tierra te acaricia
y te siente
y tú vibras
y tu alma canta.
Emocionarte con el movimiento de los pájaros,
observar su vuelo,
sus destinos,
sus trayectorias
y hablar con el animal
que también te habita dentro.
Sentarse bajo ese árbol
que te regala toda la sombra
y el oxígeno del mundo.
Respirar.
Agarrarse a esas pequeñas cosas
que te hacen
latir
fluir
vivir
sentir
bien.
Y no soltarlas.
Jamás.
Bajo ningún concepto
ni pretexto.
Porque si de algo estás segura
es de que la existencia
es demasiado valiosa
y (todavía) no quieres naufragar.

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