A la sombra de un limonero


 

Me pierdo entre las estanterías repletas de libros de la biblioteca. Podría estar allí durante horas. Me gusta ese silencio y el olor que desprenden las palabras impresas. Me detengo en la sección de Literatura, siempre ha sido mi preferida. Por qué será.

 “En este lugar podría encontrarme con Ernesto”, me digo.

Hay una estantería dedicada expresamente al teatro.  No es un género que conozca demasiado, pero me acerco y mi mirada se posa rápidamente en un libro viejo y desgastado, arrugado por el tiempo, que llama mi atención. Le quito el polvo, con cuidado.

Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán”, leo por dentro.

Y recuerdo que precisamente Ernesto nos hizo leer esa obra. Al principio, todos se quejaron. Algunos dijeron que a ellos no les interesaba el pasado. Éramos adolescentes, nuestro impulso era vivir el momento, el presente. Me costó un poco empezar el libro porque los escenarios me parecían grotescos, pero en seguida conecté con Max Estrella, su protagonista, un poeta viejo y esperpéntico, que radiografiaba una sociedad corrupta y opresiva.

“Una parte de Max se me quedó dentro”, me digo, agradeciéndole mi espíritu crítico.

Continúo caminando por los pasillos y llego a la sección de poesía. No es un género demasiado popular, pero yo tengo algunos versos gravados a fuego.

“Ernesto se perdería en este pasillo”, pienso.

Y es que él recitaba como los ángeles, entonando perfectamente, aportando sentido y emoción. Gesticulaba, mientras leía, como si estuviera ante el público selecto de un teatro. No le importaba que fuéramos unos adolescentes inexpertos. Y nos ayudaba a entender las estrofas más complejas, nos desvelaba sus secretos.

Gracias a Ernesto pude acercarme a Machado, a sus limoneros y a sus caminos. Gracias a Ernesto viajé a Nueva York, como Lorca, y también vi lagartos y estatuas, dando paso a la gran puerta. Gracias a Ernesto leí a Neruda y supe que el amor, a veces, cabe en una carta. Cojo tres libros de poesía, uno de cada poeta.

Mi estómago empieza a sonar y a retorcerse. Llevo allí ya dos horas y tengo hambre, pero por fin he llegado a la sección de narrativa, mi preferida. Me gustaría llevarme muchos libros, pero solo puedo escoger uno, porque ya llevo bastante peso.

“Esto va a ser difícil, con lo que me cuesta decidir”, me digo entre suspiros.

Pero hoy parece ser el día de Ernesto y mi decisión se simplifica y se acelera porque me encuentro, de frente, con El camino, de Miguel Delibes. En seguida, lo saco de la estantería.

“Lo volveré a leer, empezaré esta noche”, pienso emocionada.

Ernesto nos hizo leer este libro y hacer un trabajo bastante extenso. Hablamos de él en muchas clases. Quién me iba a decir que iba a recordarlo con tanta intensidad, después de tanto tiempo.

Ya han pasado más de 20 años, ¿cómo puede ser que recuerde todos esos libros como si los hubiera leído ayer? ¿Cómo puede ser que un simple profesor de Literatura habite en tantos de mis recuerdos?

Y yo misma me respondo: porque la Literatura nunca es simple, porque el trabajo de un profesor puede ser de todo menos simple y porque, además, Ernesto no solo daba clases de Literatura, sino que vivía su vida con Literatura y gracias a ella podía entender las cosas que sucedían a su alrededor.

A mí también me enseñó, de alguna manera, a buscar en la Literatura las claves que me ayudaran a entender mis conflictos, mis idas y venidas. Quizás por eso leo tanto. No solamente recuerdo el libro de El camino por el trabajo que tuvimos que hacer. Lo recuerdo, sobre todo, por la forma en que me ayudó a entenderme a mí misma.

Y mi memoria vuela atrás en el tiempo, hasta alcanzar aquel momento.

Aquella mañana yo caminaba como una sombra por los pasillos del instituto. Llevaba muchos días preocupada, casi sin dormir. Tenía 16 años y muchas cosas por aprender, pero sentía que había escogido un camino equivocado. Mi estómago se revolvía, pero yo no sabía cómo demostrarlo, cómo concretarlo. Y me preguntaba: ¿Cómo diablos se resumen esas cosas? ¿Será demasiado tarde? ¿Volveré a equivocarme?

Las dudas me asaltaban, pero fui hasta su despacho. Llamé a la puerta, con timidez. Él me recibió con amabilidad, como siempre. Le expliqué mis miedos y me escuchó. Acogió mis sentimientos y los acompañó, con calma, con amor. Hablamos durante mucho tiempo.

Antes de despedirnos, se acercó a la estantería donde tenía sus libros. Buscó uno de ellos y lo abrió por el final. Él sabía muy bien lo que buscaba. Me leyó las últimas estrofas de El camino, con su voz dulce y melódica, como si estuviera ante el público de un gran teatro, con la solemnidad que merecía la ocasión. Me narraba los difíciles momentos en que Daniel, entre lágrimas, dejaba a su querido pueblo atrás, para irse a la ciudad.

Gracias a Ernesto entendí que, a veces, crecer implica decidir, escoger un camino y renunciar a otros y seguir viviendo con intensidad, a pesar de todo. Eso te lo enseñan Valle-Inclán, Machado y Delibes y todos los poetas y los grandes profesores que se cruzan en tu vida y se quedan en ella para siempre, aunque ellos, quizás, no lo sepan.

Aquel día, salí de su despacho decidida a escuchar a mi intuición. Y esa sería la brújula que seguiría guiando los pasos de mi vida, durante mucho tiempo.

Hoy, salgo de la biblioteca cargada de libros y de recuerdos. No sé dónde estará Ernesto. Creo que ya estará jubilado. Yo me lo imagino disfrutando de un merecido descanso, leyendo un libro en un patio, como decía el poeta, a la sombra de un limonero.

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