Una cuestión de amor


 

Quique está nervioso. Se mira al espejo una y otra vez. Se estira la bata blanca y se peina con cuidado, colocando estratégicamente el poco pelo que todavía cubre su cabeza. Se limpia las gafas, con cuidado. Le sudan las manos y las seca continuamente, aunque es en vano.

Él está acostumbrado a dar clases de Física y Química, normalmente pesadas y aburridas, estructuradas y previsibles, pero hoy va a hablar de sus experiencias personales y eso es harina de otro costal.

Sin embargo, está decidido a hacerlo porque siente que con ese grupo le ayudará. Y podrá salir, por un momento, del corsé asfixiante del currículum. No sabe realmente hacia dónde va, pero está seguro de que las cosas más importantes no se pueden planificar.

Los chicos y las chicas llegan, saludan y se sientan en las sillas que Quique ha preparado. Se trata de un grupo curioso de segundo. Ya los conoce del curso pasado y los tiene radiografiados: la empollona responsable, el heavy nihilista, la hippy creativa y el gracioso-que-se-apunta-a-un-bombardeo.

Los jóvenes de esta edad suelen estar totalmente centrados en sí mismos, pero este grupito tiene una sensibilidad especial, incluso se podría decir que extraña.  Manifestaron varias veces que les preocupan las injusticias que hay en el mundo. Y en más de una ocasión verbalizaron que les gustaría hacer algo, no quedarse de brazos cruzados.

Quique, rápidamente, se ofreció a ayudarles.

Hoy han quedado en la sala de tutoría. Es su segundo encuentro. En el primero expusieron sus ideas y acotaron sus intereses. Él les habló de su experiencia en las Brigadas Internacionales de Nicaragua y en la reunión de hoy les enseñará las fotos.

Sus manos siguen sudando. De alguna manera, lo que vivió en Nicaragua fue mucho más que una experiencia social y política, fue sobre todo una vivencia personal. Le preocupa dejarse llevar por la emoción. En el fondo, son sus alumnos, y él es el profesor serio y previsible y aburrido de Física y Química, así que espera no perder la compostura.

Tiene las diapositivas preparadas. Los chicos se quedan sorprendidos al ver el proyector. Para ellos es casi como una reliquia, como una momia enterrada a la orilla del Nilo, pero cuando las imágenes se proyectan sobre la pared blanca se quedan absolutamente hipnotizados.

Quique piensa que es por la luz cálida y misteriosa del proyector, pero los alumnos están asombrados porque acaban de descubrir que su viejo profesor antes era guapo y atlético y muy interesante e, incluso, podrían decir que atractivo.

Empieza a explicar las diapositivas y ellos siguen atentos, con los ojos bien abiertos. En el fondo no acaban de creerse que su profesor de Física y Química haya vivido esas experiencias y lo empiezan a imaginar con un sombrero de aventurero, a lo Indiana Jones.

Las primeras fotos son de las jornadas de trabajo en la escuela. Allí se encontraron personas de muchas nacionalidades. Se hablaban varios idiomas, pero todos se entendían porque tenían un objetivo común: ayudar.

A Quique le costó hacer el cemento, pero lo consiguió y reconstruyeron las paredes. Y arreglaron el tejado. Y pusieron suelo nuevo. Y también hicieron sillas y mesas de madera. Después de todo el trabajo, la pequeña escuelita rural quedó bastante digna.

La maestra estaba emocionada y cada día les agradecía su dedicación y su esfuerzo, llevándoles café y compartiendo la poca comida que tenía.

Quique sigue dando detalles de los aspectos organizativos de aquellas jornadas de trabajo y mientras tanto su corazón late fuerte, muy deprisa.

Explica que la maestra trabajaba en la escuela a cambio de un sueldo escaso, pero estaba convencida de que la educación era la única herramienta para ayudar a las personas que vivían en aquel lugar remoto a salir de sus prisiones, cerradas por siglos y siglos de injusticia.

Hablan de capitalismo y de clases y de ricos y pobres y de opresión y de muchas otras cosas.

También enseña fotografías de las incontables actividades que montaban con los niños y sus familias y las horas y horas que pasaban pensando en encontrar la mejor forma de ayudar. Realmente, aquella maestra era incansable y estaba profundamente comprometida.

Hablan del hombre nuevo y de la mujer nueva, de los que romperán los cercos del pasado y construirán un mundo más justo e igualitario. Y se preguntan cuándo llegarán.

En la última fotografía se puede ver a la maestra con su pequeña guitarra compartiendo con los compañeros su voz y su poesía. Esa fue la despedida. Las Brigadas Internacionales llegaban a su fin y los Brigadistas volverían a casa. Él debía volver a su trabajo de maestro en Europa. Volver y demostrarles a todos que otro mundo era posible. Menudo reto.

En un momento dado, les pide unos minutos de descanso para hacerse un café. Le ha ido por los pelos. Ha estado a muy poco de ponerse a llorar, no solo de pena, sino también de emoción.

La maestra. Todavía recuerda sus ojos, su pelo negro y su piel morena. Se hubiera perdido mil y una noches más en su cuerpo y en su sonrisa. Ella, realmente, fue su primer amor. Se seca los ojos con un pañuelo y se pone una mano sobre el corazón.

Casi no puede creérselo cuando los chicos le explican que han decidido recaudar fondos para seguir ayudando a esa pequeña escuelita que él reconstruyó. Tienen que pensar las acciones y los pasos a seguir, así que les gustaría volver a quedar para continuar con ese proyecto.

Sus alumnos se marchan, motivados y contentos, hablando sin parar, generando ideas locas y ordenándolas como pueden.  Quique se queda solo, recogiendo el viejo proyector, y se siente extrañamente feliz, rejuvenecido por dentro.

Recuerda el libro de Ernesto Cardenal que la maestra le regaló, antes de marchar. Algunos de sus versos los tiene marcados a fuego, pero su frase favorita es la que prácticamente resume su vida: “La Revolución es sobre todo una cuestión de amor”.


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