Desempolvando los arcones de la memoria.






 El 14 de abril me sorprende inmersa en la lectura de Los pacientes del doctor García, de Almudena Grandes. Este día se conmemora la proclamación de la Segunda República Española de 1931 y este es un buen libro para poner un poco de luz a aquel periodo.


Ya en los primeros capítulos me asombra la capacidad de esta escritora para captar mi atención con personajes consistentes, escenarios descritos al detalle y un sinfín de datos históricos. 


No en vano Almudena estudió Geografía e Historia. Sus libros son como tirarte a la piscina de la memoria. El agua está muy fría y el primer impacto no es agradable, pero de alguna manera ayuda a limpiar las heridas.


En ocasiones tengo la necesidad de contrastar datos y busco información sobre lugares y sobre sucesos concretos. Me pregunto si no formarán parte de la imaginación de la escritora, pero descubro que, como siempre, la realidad supera la ficción. 


La trama empieza con las peripecias de un doctor, un cirujano republicano que en el Madrid asediado hace todo lo posible para salvar vidas a pesar de sus escasos recursos. Incluso se atreve con las primeras transfusiones de sangre almacenada, gracias a la colaboración de un grupo de investigadores canadienses que han llegado a España como voluntarios.


Soldados moribundos en las cunetas, abandonados, ya desahuciados, abren los ojos gracias a esas transfusiones experimentales, volviendo de nuevo a la vida, como si de un milagro se tratara. 


En este libro también hay boxeadores, enamorados, soñadores, políticos, funcionarios, nazis, campos de concentración, reuniones diplomáticas, presidentes argentinos, rendiciones, falsas identidades y misiones secretas.


Hay momentos de pánico y una infinita injusticia.


Hay amor y compasión.


Hay lucha después de la guerra.


Hay resistencia.


Hay amistad.


Hay convicción.


Pero en este libro, sobre todo, hay una República que se quedó sola ante el mundo, triste y sola. Porque había demasiados intereses políticos y estratégicos y era más rentable abandonarla. 


Muchos perdieron la esperanza, pero algunos valientes sacaron fuerzas de no-sé-qué-extraño-lugar para seguir trabajando en silencio, para buscar justicia, a pesar de todo. Hoy lo llamamos resiliencia. ¿Qué palabras utilizarían entonces?


Almudena da voz a esas personas anónimas que, aunque perdieron, no se rindieron.


Varias veces he tenido que cerrar el libro, dejar de leerlo unos días, darme un descanso, porque ni siquiera me atrevo a leerlo. Yo no soy tan valiente como sus protagonistas. O quizás es que no quiero que se acaben los sueños. 


En ocasiones parece que es una propuesta de tramas paralelas y desconectadas, fragmentadas, pero todo tiene un sentido. Almudena es una auténtica tejedora de historias y todos sus hilos y todas sus puntadas están en el lugar adecuado para mostrarte un tapiz a la vez global y detallado.


Desde el primer capítulo me he estremecido preguntándome qué más tenía que enseñarnos Almudena Grandes. Se ha ido demasiado pronto, pero en sus libros nos deja un precioso legado, un canto al conocimiento, a la libertad y a la fraternidad.


Gracias a ella, seguimos desempolvando los arcones de la memoria.


Seguimos. 






















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