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Dame una palabra

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Dame una palabra que como una piedra atraviese mi ventana...

OTRA VERSIÓN DEL CUENTO

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No lo entiendo, en serio. Todavía hoy, a estas alturas, la gente tiene miedo de los lobos. Es algo que me supera. Pero, yo me pregunto: ¿Cómo puede ser? ¿No habrá mayores peligros en el mundo que un simple lobo? Parece que no sirvió de nada el trabajo de Félix Rodríguez de la Fuente. Un gran profesional este Félix, qué documentales hacía. Muy bonitos. Y nos enseñó tantas cosas sobre los lobos. Gran hombre, este Félix. Lástima que muriera tan joven. Pero volvamos a mi tema, volvamos, que a estas edades, uno se despista con facilidad: ¿Cómo puede ser que la gente tenga tanto miedo a los lobos? El otro día, sin ir más lejos, dos mujeres del pueblo paseaban hacia la montaña y una le preguntó a la otra con voz temblorosa: “¿Y si nos encontramos con un lobo y nos ataca?”. La otra mujer no contestó. No sé si por miedo, por desconocimiento o por indignación. Yo no me lo explico. Tantas escuelas, tantos libros, tantos documentales, tantos estudios y, todavía, no sabemos que a lo que más...

Final del reto. Pero las maravillas, continúan.

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No es posible resumir en siete textos y en siete fotografías las pequeñas maravillas que esconde un pueblo. No he hablado de las luciérnagas, ni de los caballitos del diablo. No he podido transmitir el olor a trigo y a tierra mojada. No he plasmado el rojo de la tierra ni el lila del espliego. No he explicado que los abuelos que viven aquí necesitarían otra vida para contar todas sus historias. No he descrito el vuelo del cernícalo ni del águila. No he contado que en estos lugares puedes encontrar amigos de esos que duran para siempre. No he hablado de los conciertos, ni de las fiestas. Ni del olor a morcilla, ni de la sonrisa de mi abuelo cuando llegaba con el cesto lleno de setas. Ni del amor. No he podido transmitir todos mis recuerdos, ni tampoco el silencio. Me han quedado muchas maravillas en el tintero. Y también alguna sombra. Que también las hay. Este reto creativo llega a su fin, pero, como siempre, quedan cosas pendientes. Así que seguiré observando, ...

Maravilla número 7. Espigas en los calcetines.

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Tener 10 años, llegar de la gran ciudad, bajarte del coche a toda prisa, besar y abrazar a los abuelos, a los primos, a los tíos, a los vecinos. Saludar a todos y coger la bici en busca de tus amigos. Pedalear y pedalear y pedalear, todo el verano, sin la necesidad de ir acompañado por un adulto. Esa fue mi primera sensación de libertad.   Esa sensación nunca se olvida. Y siempre quieres repetirla. La calle es tuya, los caminos son tuyos. La pandilla es tuya. También son tuyas la noche y la lluvia. Y el monte. Y las bodegas. Y las aventuras, las equivocaciones y las responsabilidades. Aquí los niños y niñas no llevan sandalias, aunque haga mucho calor. Porque el verano es demasiado corto y necesitan que sus pies vuelen y no hay nada mejor para sobrevolar estas tierras que unas buenas zapatillas y unos calcetines. Así puedes atravesar los campos, las laderas y los montes, protegido de insectos, cardos, ortigas, pinchos y espigas. Molestas espigas que te arañan y se clavan en...

Maravilla número 6. Árboles para salvar el mundo.

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A veces pienso que nuestro planeta se sostiene solo gracias a los árboles. Sus raíces contienen la tierra con fuerza. Y, sin ellas, estaría desintegrado en mil partículas que flotarían sin destino ni sentido, en el Universo. Menos mal que tenemos a los árboles que nos contienen y limpian el aire y llaman a la lluvia y nos dan sombra y frutos y leña y cabañas y vida, mucha vida. Pero no solemos darles mucha importancia. Nos fijamos más en nuestras televisiones, en nuestros teléfonos y en nuestros ordenadores. La vida virtual nos inunda. Pero cuando te vas unos días a un pueblo tienes la oportunidad de conocerlos. Y si te fijas, descubrirás colores, luces y sonidos que nunca te podrá dar una pantalla. Hay nogales, castaños, ciruelos y manzanos, árboles frutales, bien ordenaditos en sus huertas, formando filas y dando frutos a sus dueños y a los pájaros y a alguna ardilla y a algún paisano espabilado. Hay morales, árboles frutales salvajes, libres, que casi no necesitan cuidado,...