Maravilla número 6. Árboles para salvar el mundo.


A veces pienso que nuestro planeta se sostiene solo gracias a los árboles. Sus raíces contienen la tierra con fuerza. Y, sin ellas, estaría desintegrado en mil partículas que flotarían sin destino ni sentido, en el Universo.

Menos mal que tenemos a los árboles que nos contienen y limpian el aire y llaman a la lluvia y nos dan sombra y frutos y leña y cabañas y vida, mucha vida. Pero no solemos darles mucha importancia. Nos fijamos más en nuestras televisiones, en nuestros teléfonos y en nuestros ordenadores. La vida virtual nos inunda. Pero cuando te vas unos días a un pueblo tienes la oportunidad de conocerlos. Y si te fijas, descubrirás colores, luces y sonidos que nunca te podrá dar una pantalla.

Hay nogales, castaños, ciruelos y manzanos, árboles frutales, bien ordenaditos en sus huertas, formando filas y dando frutos a sus dueños y a los pájaros y a alguna ardilla y a algún paisano espabilado.

Hay morales, árboles frutales salvajes, libres, que casi no necesitan cuidado, que ofrecen sus regalos dulces y rojos y morados, deliciosos, a cambio de nada. Para cogerlos solo necesitas estirar las manos y las piernas y los brazos y saltar tus miedos y escalarlos.

Hay olmos y chopos, árboles sociales y juguetones, algunos con profundos huecos, siempre dispuestos a ofrecer un escondite, una cabaña o un secreto.

Hay cipreses, árboles alargados, vigilantes, en los cementerios, que con su sola presencia infunden respeto. Porque su sombra puede que te alcance, en cualquier momento.

Hay carrascas, encinas, sabinas y enebros, árboles que forman bosques, misteriosos, centenarios. Me gusta cuando los troncos se dividen en muchas ramas, se retuercen, se cruzan y se cubren de musgo y de helechos y de muchos colores. Caminas entre ellos y te parece estar en un bosque mágico, un bosque animado en el que en cualquier momento te saldrá al paso un duende o un hada o un trasgo.

Pero la magia es mucho más real de lo que imaginamos. La magia es descubrir un corro de setas chiquititas chiquititas o una cagarria o una amanita muscaria. La magia es encontrar la pluma enorme que un búho real perdió en el camino. La magia es divisar las enormes alas extendidas de los buitres en el cielo, volando sin límites. La magia es tener la suerte de ver, sólo por un instante, a un corzo atravesando veloz el bosque, zigzagueando entre los árboles, en busca de agua fresca. La magia es la vida, libre y salvaje.

También hay árboles que te recuerdan a personas, árboles-amigos. Cada uno tiene el suyo. Y no es extraño ver a hombres, mujeres y niños, abrazándolos bien fuerte. Notando su fuerza. Agradeciendo su presencia.

En mi pueblo hay un cerezo que crece sobre las cenizas de un amigo. Algunas veces voy a verle, cuando baja el sol. Siempre toco su tronco, muy finito todavía, comprobando que sigue creciendo. Cuando pasen los años y el árbol crezca y su tronco sea grande y fuerte también lo abrazaré y sentiré, como dijo él, que este NO es el final. Que, afortunadamente, todavía, nos quedan muchos árboles, para salvar el mundo.

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