Viaje al interior #historiasdeviajes


Aquel año había sido horrible. Un año para olvidar, literalmente. Necesitaba pastillas para dormir y continuaba con tics nerviosos. Ojeras y arrugas surcaban su cara, antes jovial. Pero lo peor de todo era la angustia. Y el miedo.

Una separación, un confinamiento y un despido improcedente eran demasiado. Ya no tenía fuerzas. Solo quería tirar la toalla y dejarse llevar. Pero era julio y la ciudad se hacía irrespirable. Y había recibido la carta de su abuelo regalándole un billete inesperado.

Aquel verano, no iría a ningún sitio con glamour. No visitaría París ni Londres ni Costa Rica.  No tenía dinero ni energía para descubrir lugares exóticos. Aquel verano, volvería al pueblo. Tenía una hora para llegar a la estación. Sacó la maleta del altillo. Metió cuatro cosas. No olvidó sus pastillas.

Subió al autobús, por los pelos. Sintió el cosquilleo que te atraviesa cuando emprendes un viaje. Se sentía viva, pero al salir de la ciudad, también notó el miedo. Se tomó dos pastillas y se durmió en el asiento. Cuando abrió los ojos, estaba en Castilla. Carreteras sinuosas se abrían paso, entre campos  infinitos.  Reconoció colores antiguos, casi olvidados: amarillo-trigo, verde-girasol-naciente, rojo-tierra-seca y azul-cielo-que-no-se-acaba.

En la estación, la esperaba  su abuelo, con una boina y su mejor sonrisa. La recibió con un abrazo y un bocadillo de morcilla. Le dieron arcadas. Pero tenía hambre. Mientras engullía, se acordó de su abuela y de su cocina y del olor a sangre caliente y se sintió un poco en casa.

El viejo coche avanzó por carreteras estrechas, sin luces ni arcén. Pararon en un montículo. Millones de estrellas brillaban sin complejos. Reconoció a Casiopea y al triángulo del verano. Todo seguía en el mismo lugar. Ella había cambiado, mucho, quizás demasiado, pero las estrellas seguían brillando. Y su luz la reconfortó.

Llegaron a casa. Recordaba el corral, la cocina económica y la chimenea. Estaba cansada, necesitaba dormir, de nuevo. Pensaba que se curarían las heridas con el sueño. Y se tomó otra pastilla.

Se despertó con los primeros rayos de sol y el olor a café. Los pájaros cantaban. Miró desde su ventana. Las golondrinas traían entre sus plumas la vida, el buen tiempo y el verano. Eso, solo podía ser una señal de buena suerte.

Llamaron a la puerta y al abrirla, se quedó de piedra. Era su gran amiga de la infancia.

 ­—¡Buenos días! ­¿Te vienes de excursión?— la invitó con sonrisa pícara, al tiempo que señalaba sus botas de monte.

Llevaban años sin verse pero todo fue fácil. No necesitaron aparentar. Se conocían demasiado bien. Sobraban los preámbulos y los protocolos. Se fueron a andar. Y caminando, caminando, surgieron las palabras y las palabras compartidas son casi un milagro. A cada paso, sus heridas escocían menos. Aquella noche solo necesitó una pastilla.

Y soñó que el miedo era una sombra, que la tenía amarrada, con una soga, bien atada, al cuello. Y al despertar sintió, que tenía que escapar del yugo o hacerle frente. No lo sabía bien, pero decidió que seguiría hacia adelante. Y caminó sola. Primero, empezó por caminos cortos y conocidos, eso era fácil. Poco a poco, siguió con rutas nuevas, cada vez más largas e inhóspitas. Sin señales. A veces, sin senderos.

Un día, al verse sola en el bosque, se asustó.

—Yo no quiero ser caperucita, no tengo miedo al lobo— se dijo, tímidamente. Como un susurro, resurgía la mujer valiente que llevaba dentro.

Pero el bosque permanecía en silencio y volvía el miedo. Un temor irracional, extraño, quizás creado por ella, quizás heredado. Y acabó gritando, con rabia.

—Que no, que no quiero ser caperucita, joder, porqué tiene que venir un lobo a atacarme, un pobre lobo que tiene más miedo que yo, y porqué tiene que venir un cazador a salvarme, si yo me valgo, pero que tipo de psicópata se inventó ese cuento, joder, que no quiero ser caperucita, ¡hostia!— hablaba consigo misma, enfadada.

Y de esta forma tan tonta pudo dar un poco de salida a la ira, que también llevaba dentro. Y esto la relajó. Y acabó riendo.

A partir de aquel día, sus pasos fueron más seguros, más decididos. Nunca se perdía (del todo) y siempre regresaba a casa. A la segunda semana, ya solo necesitaba media pastilla.  Y sus paseos se limitaban a un puro placer. Puro disfrute.

Sus ojos se llenaron de girasoles. Y se tiñeron de color y se abrieron sus pupilas.

Se fijó en el vuelo hipnótico de los pájaros. Y sintió la libertad en sus alas.

Vio piedras preciosas a los lados y en medio del camino. Y pensó que ella también era fuerte.

Descubrió árboles centenarios. Y agradeció su fuerza y sus raíces y su sombra y su aire, con un abrazo.

Y pasó otra semana y para dormir ya era suficiente con un cuarto de una pastilla.

Se encontró con viejos amigos. Compartieron recuerdos y algunas risas.

Conoció personas nuevas. Abuelos con historia. Jóvenes quemando su verano. Empresarios en busca de una nueva vida. Profesoras de yoga. Panaderos retirados. Antiguos seminaristas. Cada uno, haciendo su camino, como podía.

Llegó la cuarta semana y ya no necesitaba ninguna pastilla. Dormía plácidamente. Sus tics casi habían desaparecido. Su cara tenía más luz y menos sombras.

Por las noches, sentada en la puerta de casa, tomaba una infusión con su abuelo y miraba a los niños, jugando en la plaza. Escuchaba sus risas. Tenía suerte. Después de aquel verano, ella también se sentía como la niña que llegó por primera vez al pueblo: libre y valiente.

Volvería a la ciudad, tarde o temprano. Se acabaría su viaje y se adaptaría, de nuevo, a todo: a los horarios, a las prisas, a los semáforos y a los trabajos. Pero ya nada sería igual. Porque sentía que tenía un rincón del mundo que siempre la acogería y la sanaría. Porque siempre podría viajar al interior, volver a este lugar y re-descubrir las pequeñas maravillas que esconde un pueblo.

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