LLuvia del norte #historiasdeviajes

 

Fue un verano extraño. Todavía lo recuerdo. A veces pienso que hicimos muchos viajes dentro de un solo viaje. El gran viaje. Pero yo, en ese momento, no lo sabía. Era un niño y solo pensaba en jugar.

Nos fuimos de vacaciones, al pueblo, como cada año, con los abuelos. Yo me encontré con mis amigos y cogí la bici y jugué a fútbol y a polis y cacos y al escondite nocturno, como siempre. Pero mi abuelo no abrió la puerta del huerto. Y muchas veces estaba de mal humor.

Un día me dijo que tenía que viajar al norte. Yo le pedí que me trajera lluvia. Hacía tanto calor que la lluvia del norte nos iba a ir muy bien, para estar más fresquitos. Y le di una botella de cristal. Él me miró con curiosidad.

Cuando regresó, entrada la noche, se acercó a mi cama. Me dijo que lo sentía mucho, que no había conseguido lluvia. Pero tenía una sorpresa para mí: me traía agua de mar, agua espumosa y salada. Mi abuelo parecía cansado y se fue a dormir. Al día siguiente jugamos en el patio. Pusimos el agua en un gran barreño. Yo metí mis muñecos: tiburones y ballenas. Y jugamos a ser piratas.

A la semana siguiente, mi abuelo debía regresar al norte. De nuevo, le di la misma botella, con esperanza. Esa misma noche regresó, pero tampoco había conseguido cazar las preciadas gotas.

—Esta vez te he traído agua de río, pero no es un río cualquiera, no. Es un río que desemboca en el Mar Cantábrico—me dijo, enigmático.

Su voz era débil y caminaba lentamente. Se fue a dormir. Al día siguiente volvimos a jugar en el patio. Hicimos muchos surcos en la tierra y creamos un maravilloso mundo fluvial. Usamos toda el agua de la botella. Saqué mis muñecos. Y nos  imaginamos que las truchas saltaban, escapando de las zarpas de los osos pardos.

A la tercera semana, mi abuelo me abrazó. Otra vez, debía viajar al norte. Le volví a dar la misma botella y le animé, dándole golpecitos en su espalda:

—Seguro que esta vez lo conseguirás, abuelo.

Al anochecer, regresó y me entregó la botella:

—No he conseguido lluvia del norte, pero tengo una buena noticia: traigo el agua de la fuente más fresca, limpia y transparente que puedas encontrar.

Se fue cojeando hasta su habitación, caminando a pasos cortos. Al día siguiente nos sentamos en la mesa del patio y nos servimos dos grandes vasos de agua y bebimos, lentamente, saboreando cada sorbo. Yo le enseñaba mis muñecos favoritos: la manada de lobos. Él me explicaba historias de su pueblo, cuando era pastor. Y jugamos a que el lobo alfa tenía que buscar comida. Pero parecía muy cansado. Y su cabeza se iba ladeando, hasta que casi se quedó dormido sobre la mesa y mi abuela lo despertó con un grito que nos sobresaltó y nos hizo reír a todos.

A la cuarta semana, mi abuelo cogió la botella. Y yo ya sabía que volvía al norte. Pero no entendía por qué hacía tantos viajes. Así que decidí darle un consejo:

—A ver, abuelo, tengo que decirte una cosa: ¿no sería mejor que dejaras de viajar tanto? Cada vez que te vas de viaje vienes muy cansado. Creo que no  tienes edad para tener tantas vacaciones, abuelo.

Mi abuelo sonrió y se acercó a mí, como para contarme un secreto:

—Es que cazar lluvia del norte es uno de los trabajos más difíciles. Y voy sin uniforme ni herramientas. Y a mi edad, ya sabes, no soy tan hábil como antes. Pero no te preocupes. Esta vez tengo una táctica y una estrategia. Esta vez, lo conseguiré.

Pero mi abuelo no regresó. Volvió mi madre, sola. Con el alma casi vacía.  Con mi botella llena. La letra temblorosa e inconfundible de mi abuelo indicaba: “Lluvia del Norte”.

Aquella botella me acompañó para siempre. Y me refrescó cuando tenía calor. Y me calmó cuando estaba sediento. Y me animó cuando estaba hundido. Y me consoló cuando lo veía todo perdido. Me recordaba a todos los juegos que compartía con mi abuelo. Y, a veces, cuando juegas, la vida se asimila mejor.

Años después supe que, aquel día, antes de entrar al hospital empezó a llover y mi abuelo casi saltó de alegría y sacó de su macuto la botella y recogió las gotitas durante horas. Era sirimiri, una lluvia fina y menuda. Así que para llenar la botella se necesitaba parar el ritmo, y estar muy concentrado, y muy atento. Pero mi abuelo decidió que en ese momento no tenía prisa. Quería dedicar su tiempo a las cosas importantes. Y recogió agua de lluvia, gota a gota, hasta que la botella estuvo totalmente llena, rebosante de agua.

Mi madre siempre dice que en aquel momento le brillaban los ojos y en su cara no le cabía la sonrisa, de grande y profunda y auténtica que era. Y no paraba de repetir:

—¡Qué bien que nos lo vamos a pasar con esta lluvia del norte! ¡Qué bien que nos lo vamos a pasar!

Me gusta mucho cuando llueve. Nunca me resguardo. No uso paraguas, ni chubasqueros. Sobre todo, me gusta la lluvia fría porque se parece a la lluvia del norte. Yo me dejo mojar y la gente me mira con desconfianza. Deben de pensar que estoy loco.

Pero me da igual. Porque en ese momento siento que mi abuelo está presente. Y miro al cielo y hablo solo:

—Abuelo, no sé cómo diablos lo haces. Siempre tan tozudo. Sigues trayéndome lluvia del norte.

Y sonrío porque el agua me rodea y es como si estuviéramos dándonos un abrazo.

Un abrazo fresco, limpio y transparente. Como nuestro amor.

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