Maravilla número 7. Espigas en los calcetines.
Tener 10 años, llegar de la gran ciudad, bajarte del coche a toda prisa, besar y abrazar a los abuelos, a los primos, a los tíos, a los vecinos. Saludar a todos y coger la bici en busca de tus amigos. Pedalear y pedalear y pedalear, todo el verano, sin la necesidad de ir acompañado por un adulto. Esa fue mi primera sensación de libertad. Esa sensación nunca se olvida. Y siempre quieres repetirla.
La calle es tuya, los caminos son tuyos. La pandilla es tuya. También son tuyas la noche y la lluvia. Y el monte. Y las bodegas. Y las aventuras, las equivocaciones y las responsabilidades.
Aquí los niños y niñas no llevan sandalias, aunque haga mucho calor. Porque el verano es demasiado corto y necesitan que sus pies vuelen y no hay nada mejor para sobrevolar estas tierras que unas buenas zapatillas y unos calcetines. Así puedes atravesar los campos, las laderas y los montes, protegido de insectos, cardos, ortigas, pinchos y espigas. Molestas espigas que te arañan y se clavan en tu piel.
Jugar al escondite y a tres navíos en un mar, correr, hacer cabañas, montar tiendas, saltar a la comba, bailar, buscar un nombre para la pandilla, reír, pelearse y reconciliarse. Tienes todo el día para jugar, aprender y jugar, en ese pequeño laboratorio social que te brinda el pueblo. Todo se hace práctico y real. Y por eso son aprendizajes que nunca se olvidan.
Cuando, muchos años después, llega la noche y sigues oyendo las risas de los niños y niñas, corriendo por la calle, bajo las estrellas, te alegras de estar en este lugar en el que todavía pueden jugar libres y seguros.
Pero un día, tenga la edad que tengas, se acaba tu verano y dejas atrás el pueblo. No son pocos los que lloran en el coche cuando ven que los tejados rojos se han perdido en el horizonte. Ya en casa, te adaptas a la ciudad, al calor, a los horarios, a los semáforos, a no conocer a las personas que caminan por la calle. Te adaptas a todo, pero no olvidas tu verano.
Y no lo olvidarás, porque durante meses encontrarás espigas amarillas clavadas en tus calcetines. Las quitas con dificultad, porque son finitas y afiladas y están bien clavadas, pero no te molestan porque te recuerdan a aquellos días en los que caminabas libre por el pueblo, atravesando campos de trigo bajo un sol cambiante.
Y sonríes.
No sé si ya existe o no, pero estoy segura de que Rogers o Maslow o Fromm o Frankl, expertos en comprender las auténticas necesidades de las personas, ya pensaron, antes que yo, en crear una “terapia de pueblo”. Una terapia que te ayude a conectar con tu esencia, con las cosas sencillas que te maravillan y te hacen vibrar. Una terapia que te ayude a conectar con tu niña, la misma que bajaba del coche corriendo para pedalear en busca de sus amigos.

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