Maravilla número 4. Estrellas.
(Fotografía de José M. Miguel Mínguez, maestro en descifrar los secretos del cielo nocturno)
¿Quién no se ha sentido pequeño, diminuto, insignificante al mirar el cielo de noche y descubrir millones de estrellas brillando sin complejos?
Salir por la noche con una manta vieja. Ir hasta la era y tumbarte. Abrir bien grandes los ojos y deslumbrarte, y no dar abasto, y no abarcar con tu mirada ni una cuarta parte de lo que ofrece el firmamento. Te quedas sin aliento.
Descubrir el caminito blanco de la Vía Láctea. Preguntarte de donde vendrá y a donde se dirige. Aprender a buscar la estrella Polar y la Osa Mayor y Casiopea y el triángulo del verano y las estrellas que mueren y las que nacen y algún que otro planeta. Perseguir estrellas fugaces en agosto. En esa época en la que todavía se pueden cumplir los deseos y los sueños.
Regresar, al cabo de los años. Volver a coger una manta vieja y tumbarte en la era. Sentir que estás metida en una máquina del tiempo. Mirando las estrellas vuelves a sentir la misma admiración que sentías las primeras veces, cuando eras una niña.
Tú has cambiado pero la Osa Mayor sigue brillando en el mismo lugar. Algunas personas se han ido, dejándote el corazón lleno de agujeritos, profundos, agudos, en los que se esconde el vacío, negro, confuso. Pero la Osa Mayor sigue allí, como si te estuviera esperando toda la vida. Y su luz te reconforta y te sostiene, en ese preciso instante, que es el que vale.

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