Maravilla número 2. Carreteras infinitas.



Arrancar el viejo coche. The doors en la guantera. Las manos bien agarradas al volante. El pie hundido en el acelerador, recorriendo parajes infinitos.

Conducir aquí no es como conducir en la ciudad, llena de gente y de señales y de semáforos y de coches y de tiempo muerto. Conducir en estas carreteras es como deslizarte, es casi como volar, atravesando nuevos colores: amarillo-trigo, verde-girasol-naciente, rojo-tierra-seca y azul-cielo-que-no-se-acaba. Conducir aquí es como estar en un videoclip.  Sabes que siempre puedes avanzar, al ritmo de la música. Tú escoges la canción. Y te sientes libre.

Aquella curva era cerrada y estrecha y muy pronunciada. Y te daba miedo. Preferías soltar las riendas y no pasarla y cerrar los ojos y dejar que otros te llevaran. Pero un día decidiste intentarlo, muy lentamente, casi a 10 km/h. Muy concentrada en cualquier pequeño movimiento. Y al día siguiente repetiste, a 15 km/h. Y repetiste muchos días más y la manilla del velocímetro seguía subiendo. Y llegaste justo a la velocidad que puedes sostener entre tus manos. Ni demasiado lento ni demasiado rápido. Simplemente TU velocidad. Y descubriste que conducir te hace feliz. Y comprobaste que puedes confiar en ti. Y ya has pasado tantas veces esa curva que hoy no te has dado ni cuenta. Es una curva más. Como cualquier otra.

A veces, del miedo se escapa despacio, poco a poco, y casi sin hacer ruido.

Pero, siempre, del miedo se escapa, solo, si quieres hacerlo.

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