Maravilla número 5. Piedras que guardan secretos.
La piedra era redonda, grisácea, del tamaño de una mano y alguien había escrito en ella: “yo no quiero ser de piedra”. Y me gustó esa idea. “Yo tampoco quiero ser de piedra”, pensé. Las piedras no se mueven. Están siempre quietas en el mismo lugar. Siempre igual.
Pero si el Principito aterrizara en este pueblo, seguramente, en lugar de regalarme una rosa, me regalaría una piedra y me abriría los ojos: “Lo esencial es invisible a los ojos. Su cambio pasa desapercibido, porque es muy lento y porque nunca tenemos tiempo. Su cambio es un secreto. Miles de años de historia y de transformación guardados en su interior”.
Y quizás entonces sacaría tiempo del tiempo y enfocaría mis ojos hacia los pequeños detalles y descubriría que hay piedras brillantes, cristalinas, que esconden su luz entre el barro y la tierra. También hay piedras de río, redonditas, sin esquinas, tras años rodando y rodando, en el cauce del rio. Hay piedras de colores. Piedras duras y piedras que se deshacen con sólo mirarlas. Hay piedras en las que el agua y el viento dibujaron formas curiosas, extrañas, a base de insistencia. Hay piedras orgullosas que parecen querer tocar el cielo, provocando a la gravedad. Hay piedras a los lados y en el medio del camino. Hay piedras fósiles, que acogen esqueletos de caracolas de mar y nos recuerdan que, antes, hace millones de años, estas secas tierras eran bañadas por un mundo acuático. Hay piedras que llegaron a manos del hombre y fueron esculpidas con mimo y con paciencia y con fuerza y con sensibilidad, y de ellas surgieron el sol y la luna y las estrellas.
También hay piedras con historia, que transmiten fábulas y leyendas. Sus relatos vienen de muy lejos. Y ya nadie sabe qué hay de verdad y qué de invento. De niña me explicaron la historia de “la piedra del confitero”. El vendedor ambulante iba de pueblo en pueblo, de fiesta en fiesta, vendiendo dulces. Cuando todavía no llegaban a este lugar las carreteras, ni el cemento, ni el asfalto, el hombre salía del pueblo con su carro repleto de pastas y golosinas, tirado por su viejo burro. Marchaban por un estrecho camino, el desfiladero. Era un día gris y la lluvia no tardó en llegar. Al principio, eran gotas finas pero pronto estalló la tormenta. Los goterones formaron ríos de agua que arrastraban tierra, cantos y hojas secas, montaña abajo. De repente, una gran roca, cayó sobre el camino, y sobre el carro.
Yo no sé qué les pasó al confitero y al burro. Quiero creer que el confitero salió volando, de un salto, y que el burro se salvó por los pelos. Lo que sí sé es que el carro quedó aplastado, hecho añicos, bajo la gran roca y cada vez que llueve los niños y niñas del pueblo se acercan a ese lugar porque, siempre, y nunca falla, encuentran caramelos y alguna que otra sorpresa.
Las piedras están ahí, quietas, recordándote el paso del tiempo. Su tiempo se mide en millones de años. Nuestro tiempo, en comparación, podría parecer insignificante, pero no lo es, todo lo contrario. Nuestra vida es tan fugaz que ese tiempo se convierte en la piedra más preciosa que podrías tener, más que la plata, más que el diamante, más que el oro.
El tiempo es el tesoro del hombre. Quizás ese sea el secreto que guardan las piedras. Pero eso no me lo llegó a decir El principito.

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