OTRA VERSIÓN DEL CUENTO
No lo entiendo, en serio. Todavía hoy, a estas alturas, la gente tiene miedo de los lobos. Es algo que me supera. Pero, yo me pregunto: ¿Cómo puede ser? ¿No habrá mayores peligros en el mundo que un simple lobo? Parece que no sirvió de nada el trabajo de Félix Rodríguez de la Fuente. Un gran profesional este Félix, qué documentales hacía. Muy bonitos. Y nos enseñó tantas cosas sobre los lobos. Gran hombre, este Félix. Lástima que muriera tan joven.
Pero volvamos a mi tema, volvamos, que a estas edades, uno se despista con facilidad: ¿Cómo puede ser que la gente tenga tanto miedo a los lobos? El otro día, sin ir más lejos, dos mujeres del pueblo paseaban hacia la montaña y una le preguntó a la otra con voz temblorosa: “¿Y si nos encontramos con un lobo y nos ataca?”. La otra mujer no contestó. No sé si por miedo, por desconocimiento o por indignación.
Yo no me lo explico. Tantas escuelas, tantos libros, tantos documentales, tantos estudios y, todavía, no sabemos que a lo que más teme el lobo, por encima de todas las cosas, ¡es a las personas! Si un lobo presiente que hay un ser humano cerca, corre, huye, sin mirar atrás. Un lobo no osa enfrentarse al mayor de sus enemigos porque sabe que esa batalla está, de antemano, perdida. Y por eso escapa.
Pero la gente le sigue teniendo miedo al lobo. Será que en los cuentos el lobo es malo y feroz, y grande y feo y negro y despiadado y horrible. En fin, que, nos guste o no, los cuentos dibujan a un lobo frío e impasible.
Pero no es así. Yo os lo puedo decir, que soy experto en este tema. No tanto como Félix, claro, porque yo no tengo estudios, pero algo sé. Por ejemplo, todo el mundo conoce el famoso cuento de La Caperucita Roja, ¿verdad? Todos conocemos la versión que dio el cazador. Pero yo os puedo decir que hay otras versiones. Yo conozco una que me parece mucho más veraz. Hasta ahora, la mantenía en secreto pero ya estoy harto. Y os la voy a contar.
Resulta que el pobre lobo de este cuento todavía era joven e inexperto así que se equivocó varias veces, eso es verdad, no lo vamos a negar. Pero sé de buena tinta que todo lo que hizo, fue sin mala intención.
Aquel era un día gris y el viento no presagiaba nada bueno. Al mediodía, el lobo olió al cazador y se puso nervioso. Poco después, el lobo escuchó la escopeta del cazador y todo su cuerpo se tensionó. Miró hacia su cueva, se acercó silencioso y vio a sus cuatro preciosos cachorros, recién nacidos, mamando de los pechos de una gran loba gris. Su compañera.
En ese momento el lobo sintió que le inundaba el miedo, mucho miedo. Pero el miedo no le paralizó, no, porque una gran ola de fuerza empezó a crecer desde su interior, y la ola, se hizo cada vez más grande y poderosa, y así se impuso el AMOR. Y gracias a esa fuerza el lobo salió corriendo, a toda prisa. Sus patas parecían volar sobre la tierra, las piedras y las hojas secas. Protegía a su familia.
El lobo corría hacia el cazador, pero no quería atacarlo, no. Él solo quería que el cazador le siguiera. Y el cazador escuchó su respiración entrecortada y le siguió. Y el lobo continuaba corriendo, alejando al cazador de su cueva. A toda velocidad. Pero tan concentrado estaba el lobo en su trepidante huida que, sin querer, se metió en el huerto de la abuelita, y del huerto pasó al jardín y del jardín, a la casa, y de la casa a la habitación.
Y el lobo no quería comerse a nadie, no, solo quería escapar, pero escuchó los pasos del cazador. Y en ese momento sí que se impuso el miedo. A veces, el miedo nos paraliza, y así, como una estatua de sal, se quedó el lobo delante de la cama de la abuelita.
La pobre anciana, al verlo, saltó de la cama y, asustada, se escondió en el armario. De esta manera, el lobo, sin pensarlo mucho, se metió en la cama y se tapó con todo lo que allí encontró: sábanas, mantas, colchas, batas y un camisón de flores de la abuelita. Todo se lo puso encima. Tenía que esconderse. Se acurrucó, tapado hasta las orejas, no por engañar a nadie, no, sino por simple miedo.
Suerte que en la casa entró la niña del abrigo rojo. Desde siempre se había sentido atraída por los animales y los había observado durante horas, días y meses. Así que los entendía, de alguna manera. Y entendió que aquel amasijo de ropas no era su abuela. Y entendió que esa respiración fuerte y asustada no era su abuela. Y entendió que esos pelos y ese olor, nunca los había tenido su abuela. Y también entendió, que el animal que allí se escondía, fuese lo que fuese, tenía miedo. Escuchó unos disparos muy cerca de su casa y eso fue suficiente.
Hay personas que necesitan más tiempo tomar decisiones pero, en este caso, la niña del abrigo rojo actuó de forma rápida y eficaz. Impecable. Salió de casa corriendo, se acercó al cazador y gritó: “¡Se ha ido hacia el pueblo! ¡Se ha ido hacia el pueblo!”. Y el cazador bajó corriendo, hacia el pueblo.
La niña volvió a casa de la abuelita, un poco nerviosa, con incertidumbre, pero con mucha curiosidad. Tenía muchas ganas de saber qué se escondía en la cama de su abuela. Pero primero se encargó de dejar una salida despejada. Abrió la puerta de la habitación, abrió la puerta de casa, abrió la puerta del jardín y abrió la puerta del huerto. Después, se acercó a la habitación y se hizo a un lado, mientras susurraba: “Se ha ido, se ha ido el cazador, corre, vuelve a casa”.
Mientras tanto el lobo seguía temblando bajo las sábanas, las mantas, las colchas, las batas y el camisón de flores de la abuela. Pero, poco a poco, notó que el olor del cazador se disipaba, se alejaba… Y pudo oler la presencia de la niña pero no la sentía como una amenaza sino, extrañamente, más bien, como una ayuda. La niña hablaba suave. El lobo no entendía sus palabras pero sí su calma. Así, con las suaves palabras de la niña, consiguió serenarse. Respiró. Y vio las puertas abiertas. Y cuando se sintió fuerte, volvió a correr, saliendo de la cama, de la habitación, de la casa, del jardín y del huerto. El lobo parecía volar, ante los ojos abiertos como platos de una niña que vio pasar ante sí al animal más bello que jamás había podido imaginar.
Y el lobo volvió a su cueva, y se acurrucó junto a su familia.
Y la niña abrió la puerta del armario y abrazó muy fuerte a su abuela sin poder olvidar aquella imagen maravillosa del lobo corriendo hacia la vida.
Y el cazador dijo que había cazado al lobo. Nadie lo había visto. Pero él aseguró que el lobo ya no sería una amenaza para el pueblo. Y los del pueblo se quedaron muy tranquilos.
Años después, la niña del abrigo rojo creció y se fue a la ciudad, estudió Biología y actualmente trabaja en una Universidad, dedicada al estudio de los lobos. Está llevando a cabo un proyecto de nombre muy largo, seguramente os sonará a chino, pero a mí me parece muy interesante: “El comportamiento del lobo en libertad y su aportación a la sostenibilidad del mundo rural: conflictos y emociones”.
Dicen que el mejor amigo de la chica del abrigo rojo es, ni más ni menos, que el hijo del cazador. Sí, sí, como escucháis. Y, además, he oído que este chico ocupa un cargo importante en Greenpeace. Las cosas que tiene la vida, ¿verdad? Parece ser que el cazador del cuento no quería matar al lobo. Él cazaba cuando era joven, para comer, porque lo necesitaba, pero los tiempos estaban cambiando y, de alguna manera, al observar a los animales durante tanto tiempo, les había cogido cariño. Aquel día, el cazador salió al campo con la escopeta por la presión de la gente del pueblo. Y se inventó ese final del cuento, el que todos conocemos, para que sus vecinos le dejaran tranquilo.
Por lo que parece, el hijo del cazador ha heredado todo su conocimiento del mundo animal, mucho amor por la naturaleza y ninguna intención de usar una escopeta. También he oído que los dos amigos tienen algo entre manos con otra joven llamada Greta-no-sé-qué. Creo que quieren potenciar el papel de los bosques en la lucha contra el calentamiento global del planeta.
Qué chicos más majos, ¿verdad? Y luego todo el mundo criticando a la gente joven. Es lo más fácil. Decir que no hacen nada, que no les importa nada, que no aportan nada. Pero yo no estoy de acuerdo. Yo veo que hay mucha gente joven que se esfuerza por cuidar nuestro entorno, la verdad. Como estos chicos, ¿no os parece? En mis tiempos la gente no se preocupaba tanto. Vivimos en un lugar tan maravilloso, y su equilibrio es tan delicado.
Pero, bueno, no voy a seguir hablando de esto porque yo de estos temas no sé mucho, la verdad. Son cosas demasiado serias para mí. Y no soy un experto. Para nada. Félix sí que sabía, de todo esto.
Yo solo quería contar la verdadera historia del lobo de Caperucita. Y esa historia sí os la puedo contar, de buena tinta, porque YO SOY EL LOBO.
Y cada noche de luna llena, mi manada al completo, sale de la cueva para aullar, bien fuerte y bien alto. Nuestros aullidos son profundos y no solo se dirigen a la luna sino, sobre todo, a todas las niñas y niños, a todos los hombres y mujeres, que son capaces de sentir COMO SIENTE UN LOBO.
Sara Martínez, 20 de julio de 2020

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